agosto 20, 2009

Patrimonio y discusiones bizantinas


En su edición del pasado martes 18 de agosto el Clarín Diario de Arquitectura, publicó una nota de María del Rosario Solá, arquitecta y escritora, que no podemos dejar de difundir:

"Hubo un tiempo en que la renta excepcional de la tierra, especialmente en Buenos Aires y en Rosario, se transformó en ladrillos. Eran ladrillos melancólicos, porque la mirada de quienes acumulaban esa renta estaba puesta en París o en Londres o porque la guerra expulsaba constructores de Europa que se dedicaban a replicar el mundo perdido. Gran parte de esas obras imitaban la arquitectura "historicista" que se enseñaba en L´Ecole des Beaux Arts, por lo que la conocemos como arquitectura "académica". ¿Pero qué es el Historicismo? ¿Qué valor tiene? Todos los neo que aparecen desde la mitad del XIX hasta las primeras décadas del XX son Historicistas sean Neoomudéjar, Neofrancés, Neo-barroco e incluso el tardío Neo-colonial o Amerindio. Analicemos este punto. En tiempos de la Ilustración las arquitecturas barrocas de las monarquías fueron borradas bajo la acusación de decadentes y reemplazadas por una arquitectura más bien "Neogriega" que llamamos Neoclasicismo. Nos lo recuerdan los laureles del escudo, el gorro frigio y el frontis de la Catedral. Para un neoclásico no había otra arquitectura posible. Ese era el canon y pretendía ser excluyente. Pero no tardó en aparecer en Europa el Nacionalismo nórdico con el Neogótico dispuesto a disputar la hegemonía. La polémica acerca de cual era la arquitectura universal y única fue zanjada con brillante pragmatismo por las academias. La respuesta fue "todas". De un día para otro estuvo permitido imitar la arquitectura de todos los tiempos y de todas las geografías, por supuesto sobre una lógica constructiva y compositiva bien del siglo XIX. Cuando John Nash construyó en 1826 el Pabellón Real de Brighton en una mezcla de Neogótico con cúpulas en estilo de la India, produjo asombro e ira. No sólo estaba diciendo "nosotros somos los dueños de la India", también estaba diciendo que "la arquitectura de la India es tan digna de un rey como las columnas del Partenón". Un escándalo. Pocos han advertido el valor que tuvo esta actitud en la construcción de una universalidad consensuada y de lo que hoy llamamos relativismo cultural. La misma lógica usaron Martín Noel o Angel Guido cuando encontraron en la arquitectura altoperuana modelos tan dignos de imitación como los europeos. Por supuesto que este uso abusivo de las réplicas aceleró las contradicciones del agregado de estilos por sobre los edificios y preparó el camino para la arquitectura moderna. La arquitectura contemporánea se diferencia de las vanguardias "furiosas" en que, como la crítica de arte, tiene una mirada inclusiva. Eso es ser del siglo XXI. Un argumento que se escucha en contra de la arquitectura de tiempos de la Belle Epoque es que pertenecería a una elite social. Esto es cierto y no. Primero porque la construcción no es sólo la memoria de quienes vivieron en un edificio. Es fundamentalmente la memoria de arquitectos, ingenieros, constructores herreros, techistas, carpinteros, yeseros, marmoleros, albañiles, plomeros y pintores. Por otra parte, el tiempo democratiza la arquitectura. Hoy Versailles es de todos los franceses, el Palacio de Invierno es de todos los rusos y la Ciudad Secreta de todos los chinos. Buenos Aires fue uno de los reservorios más grandes de estas etapas de la historia de la arquitectura occidental. Con su lado ingenuo e incluso ridículo, al replicar arquitecturas de climas y culturas distintas, el Historicismo tiene un irrepetible encanto y valor universal. El grueso de esa arquitectura ya se ha demolido. Basta con hacer el recuento mental de cuántas mamparas, chimeneas, salamandras, mármoles, bañeras, ventanas o boiseries hemos visto en venta sólo en las páginas de remates de los diarios dominicales desde hace décadas, nos dejaría abrumados. Ni el ensanche de Barcelona ni la París de Haussman que sirvieron de modelo a la Buenos Aires del Centenario han sido diezmados. ¿Por qué se acusa a los vecinos de Buenos Aires de intemperantes o exagerados cuando protestan por las demoliciones? La existencia de una reciente ley en la ciudad de Buenos Aires que otorga protección preventiva a todos los edificios anteriores a 1941 es una buena noticia. Pero para que los edificios sobrevivan deben pasar por una comisión de evaluación, el Consejo Asesor de Asuntos Patrimoniales de la Ciudad de Buenos Aires (CAAP), integrado por una interesante cantidad de instituciones de urbanismo y patrimonio incluyendo la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, aunque no todos envían representantes. Si nos ajustamos a los criterios de valoración de Unesco que priorizan proteger primero lo más antiguo, lo más singular y lo más vulnerable, todos los edificios historicistas, sean del neo que sean, más los art nouveau y los modernistas, los protoracionalistas y los art déco, deberían estar protegidos ya. Entonces aparecen discusiones bizantinas como la de las "caries" o saltos de escala urbana provenientes de una mala interpretación de las normas internacionales. Nada más decimonónico que tirar un edificio para enrasar. Seamos contemporáneos. No importa si los edificios "forman conjuntos" o si son exentos. Cuando se habla de conjuntos en patrimonio no quiere decir que literalmente tengan que estar uno al lado del otro. Un caserón neo-tudor en medio de dos edificios en altura en Palermo nos está hablando de la historia del sitio, nos está diciendo que alguna vez ese barrio fue de casas bajas, que tuvo jardines, que Borges no estaba loco cuando hablaba de Palermo. Es excelente que la ciudad nos hable, que nos diga quiénes somos y de dónde venimos. Ningún libro de fotos es comparable a la experiencia de entrar en un espacio y todos esos edificios sueltos o en conjunto, e incluso sus saltos de escala, son los que nos recuerdan la vitalidad de Buenos Aires."

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