diciembre 05, 2010

Siete argumentos para una discusión ausente

El revuelo que ha causado la propuesta unilateral de cambios en la educación chilena por parte de la actual administración del Mineduc, ha sido alimentado fuertemente por los descargos sectoriales y gremiales de quienes se verán directamente afectados por ellos, lo que de suyo es absolutamente válido en un contexto en donde las mismas autoridades del Mineduc defienden el principio del recurso humano como instrumento del mercado, lo que por cierto es ya una vieja discusión que lleva instalada más de 30 años de hechos consumados.


Hoy en día eso es un dato de la causa. Obviamente las revoluciones necesitan de una causa, no de datos, pero parece que aquí es al revés, por eso la sensación de que llegamos tarde es fuente de frustración en unos y de autocomplacencia en otros.


Por lo que no desconociendo esa tensión, y más bien asumiéndola, creemos que se impone desde el ámbito académico la necesidad de construir una discusión, hasta ahora obliterada, soterrada y minimizada, sobre la pertinencia disciplinar desde los fundamentos epistémicos de cada una de las prácticas que convergen en el proceso de formación integral de nuestras generaciones que asoman, en donde el perjuicio sobre las señales en orden a minimizar contenidos en Historia ya han sido advertidos por un gremio tan reputado como mediático, lo que indirectamente ha ido en desmedro de un área del conocimiento que –en principio- comprende una sola asignatura como es la Educación Tecnológica, pero que en esa misma dirección ya está afectando sistemáticamente a todas las manifestaciones de ese sector curricular, en la medida de que la autoridad sugiere que se les endosen la horas restadas a la Historia al remanente -ya exiguo- de horas de libre disposición donde estas otras resisten marginalmente.


Por cierto nos referimos a las distintas prácticas artísticas entendidas como una forma de conocimiento absolutamente legitimado por las sociedades en sus manifestaciones preexistentes; hoy tan representadas en las distintas manifestaciones del patrimonio; y en sus manifestaciones futuras, donde la expansión de la consciencia relacional nos permite cifrar esperanzas en mundos que ni la más esperada respuesta científica nos puede dar hoy.


Ese campo de prácticas y sus saberes disciplinares demandan el mismo –o mayor- nivel de abstracción en el manejo de un lenguaje simbólico que el lenguaje verbal y las matemáticas, así como una mayor variabilidad en sus innovaciones que pueden acelerar con mucho los resultados de procedimientos metodológicos regulares con los cuales un limitado funcionalismo nos hace cautivos de un mercado de regulaciones especulativas que nos cooptan a ser parte de una demanda que no es capaz de producir su propia oferta.


En ese escenario creemos que hay, al menos, siete argumentos que deberían ser considerados para comenzar a producir ese debate, por lo demás argumentos bastantes conocidos entre los académicos y artistas, pero que creemos oportuno esbozar para movilizar una propuesta mayor que debería ser materializada desde nuestra responsabilidad permanente de pensar el país desde la Universidad.


El primero es el argumento educacional, ese que dice que la educación es un complejo proceso de transferencia relacional, donde se deben producir conocimientos innovadores no solamente desde una transferencia de contenidos conceptuales, sino que también desde una experiencia, en donde el arte es siempre la experiencia sensorial con más amplia diseminación e impacto al radicar en una libertad de expresión que no admite pasividad en quienes aprenden.


El segundo es el argumento desarollista, donde es un hecho que la educación artística ha sido el motor innovador del desarrollo económico en varios países, otrora emergentes, que terminaron por consolidar un liderazgo en mercados globales, donde la formación por competencias para el trabajo tecnológico privilegia el paradigma de aprender a aprender.


El tercer argumento político, dice relación con la capacidad de las prácticas artísticas de adelantarse a la crítica del poder, desde posiciones inherentes a sus responsabilidades formales con la esfera pública, donde las épocas del compromiso y el panfleto dan paso hoy día a la colaboración y la participación como referentes de la formación ciudadana desde experiencias artísticas.


El cuarto argumento social, ese en donde la cohesión de las comunidades en un mundo globalizadamente multicultural demanda la construcción de subjetividades dignas desde referencias en transformación, donde las prácticas artísticas contemporáneas son la primera línea de encuentro con un futuro posible construido desde el autoconocimiento colectivo.


El quinto argumento cientificista, ese que reconoce a las inteligencias múltiples como el fundamento de una nueva configuración epistemológica de la realidad, en donde el desarrollo de nuestras capacidades sensoriales son una forma de conocimiento válida, complementaria y necesaria para asistir el pensamiento funcionalista, compareciendo la colaboración entre artistas, científicos y conocimientos ancestrales.


El sexto argumento culturalista, es aquel en donde las manifestaciones artísticas preexistentes son parte de nuestro patrimonio en la medida que la formación de ciudadanos permita que, desde la apropiación del mismo, se pase a protagonizar su interpretación.


Finalmente el argumento artístico, lo que en principio parece una tautología pero no lo es, pues lo primero que debemos reclamar y defender es nuestro derecho al arte, para ser solidarios con las generaciones futuras, las que por nuestro arte nos conocerán.




José de Nordenflycht

Presidente de ICOMOS Chile




Foto: Biblioteca Escuela Bellas Artes, Antonio Quintana, c. 1938.

1 comentario:

maría francisca dijo...

Estimado José:
Considero la discusión que propone más que necesaria, indispensable. La educación en nuestro país arrastra una crisis y una necesidad de replanteamiento que bien se reflejó en la revolución pingüina y que, a mi juicio, no se han tomado las necesarias medidas para llegar a una solución de fondo. Por otro lado, el traspaso de horas académicas de allá para acá no resuelve un gran problema en el enfoque de la educación secundaria y superior en cuanto a la formación de profesionales que a futuro se transforman en"cesantes ilustrados" que deben, finalmente, trabajar en rubros diferentes de los que recibieron su formación y desarrollar labores técnicas con expectativas salariales notablemente inferiores a las correspondientes a su profesión. Lo que se refleja es un desequilibrio en nuestra educación desde sus bases, quizá necesitemos una enseñanza más creativa y que nos brinde herramientas prácticas para enfrentar el mundo laboral, para que todos participemos en el desarrollo de nuestro país, pero la necesidad de generar hábitos de lectura, a través del conocimiento de nuestro pasado, es decir nuestras raíces, es fundamental para proyectar un futuro más equilibrado y más justo.
Mi opinión no viene de un profesional de la educación, y por lo tanto, tal vez no maneje códigos propios del rubro; pero sí surge de un entendimiento de que la educación es un derecho de todos y que se desarrolla más allá de los muros del colegio, mi opinión surge desde la visión de un profesional del patrimonio, que constituye una fuente de educación no formal y complementaria a la enseñanza escolar. Espero, sinceramente, que esta discusión crezca y se enriquezca con opiniones de todas las áreas, ya que es la manera de lograr un consenso para mejorar en lo que hace falta y no realizar cambios estériles sólo porque hace falta cambiar.